Pinchazo en el culo

“Varón, cuarenta años, se ha caído de un segundo piso, tiene fractura de fémur y hemorragia interna en la cabeza. Viene sedado y le hemos puesto sesenta gramos de amocetal”. “Buen trabajo, yo me lo quedo, vamos al quirófano cinco. Llama a tres enfermeras y al doctor Cabezas que es el mejor cirujano del país y podrá controlar la hemorragia cerebral. Y que le preparen al paciente una habitación de una sola cama, no quiero que nadie le moleste en su recuperación”, deja claro el doctor Rojas. “Hecho”, contesta la enfermera jefa que ha salido también a recibir la última urgencia.

“Usted es la esposa del paciente ¿verdad? Pues espere un segundo que ahora mismo sale el doctor a decirle cómo ha ido todo. Mire, justamente ahí viene”, señala la enfermera la puerta del quirófano. El doctor Cabezas, con la bata verde de quirófano, se acerca con una sonrisa en el rostro y le dice a la señora cogiéndole amigablemente del hombro: “No se preocupe, todo ha ido mejor de lo esperado, enseguida le subirán a planta y podrá estar con él”.

En menos de seis horas el precipitado ya estaba operado y en planta junto a su mujer. Una suerte ver cómo funciona la sanidad en este país. La pena es que al final no sabemos si el buen hombre acabó bien la recuperación o no, porque ahí finalizó el capítulo de esta semana de Hospital Central.

¿Fiel reflejo de la realidad? Puede ser. Por desgracia, este sábado me tocó a mí ir a urgencias. No me precipité de un segundo piso ni llegué con una fractura abierta y una hemorragia cerebral (hay que ser justos), pero la verdad es que me ahogaba. No me pregunten por el motivo, pero chico, que no había forma de respirar.

Entré por la puerta de urgencias con mi madre, y no gritó eso de varón, veintiún años, no sé por qué pero le cuesta horrores respirar, se ha tomado un ibrupofeno a la hora de comer y otro después de cenar… Quizá por eso nadie salió a ver qué me pasaba. Tuvimos que acercarnos a la ventanilla de admisión, donde un funcionario simpático, de esos que nunca te dicen hola ni adiós ni gracias, nos atendió por obligación y de mala leche porque, seguramente, le había despertado de su sueñecito. Si es que, ¡a quién se le ocurre ir a urgencias de madrugada! Casi me daban ganas de pedir perdón por no poder respirar.

“Espere ahí un momento, ahora le llamarán”, me espetó. Desapareció el de admisión. Ni rastro de médicos o enfermeras. ¿Había alguien en el hospital? Nunca un “ahora” había durado tanto. Mi madre se levantaba, daba una vuelta a la salita como queriendo hacer notar nuestra presencia, y se volvía a sentar. Así una decena de veces; y yo sin aire. Pasaban las horas, casi sin querer, y nadie se preocupaba. Después de cuatro eternas horas se asoma una enfermera y dice mi nombre en voz alta esperando que alguien se levantase. ¿Quién se iba a levantar si yo era el único enfermo del lugar?

“Buenas noches”. “Buenas noches”. “¿Qué le pasa?”. “Mire, que no puedo respirar” (y encima llevo un cabreo que no se lo puede imaginar porque llevo cuatro horas esperando y no había nadie). “Súbase la camiseta, le auscultaré. (¿Es ahora cuando le tengo que dar las gracias por atenderme?) Te oigo silbidos. Pasa al cuarto del al lado que ahora va una enfermera. Te vamos a poner oxígeno y un pinchazo que en unas horas te va a curar” (si me hubiera atendido en algún momento de estas cuatro horas que he estado esperando, lo mismo ya estaba bien).

Doblado por el pinchazo en el culo, como si todavía estuviera la aguja dentro de mi ser, abandoné el hospital del brazo de mi madre camino del taxi, y todavía sin poder respirar, aunque eso sí, con una leve mejoría gracias al oxígeno. Han tardado cuatro horas en atenderme cuando no había nadie, ¡nadie! Y ni siquiera la enfermera era guapa y joven como en la serie, sino que era la más veterana y arrugada del lugar. Espero que este capítulo no continúe.