AÑOS DE REPRESIÓN Y FALSO APERTURISMO

Reseña del libro: “Disidencia y subversión. La lucha del régimen franquista por su supervivencia, 1960-1975” (Pere Ysàs)

¿Está superado ya el régimen franquista? Está claro que la transición fue el primer paso para enterrar el régimen dictatorial y las ideas franquistas en España. A día de hoy, nadie se pregunta qué hubiera sido de nuestro país en caso de haber continuado un régimen como el que cayó oficialmente en 1975. Lo que sí que está claro es que Francisco Franco “murió en la cama”.

Una sentencia que recoge Pere Ysàs en la introducción de su libro y que con tan solo cuatro palabras consigue resumir una época. En los últimos años de dictadura, muchas eran las voces que se alzaban, en la medida de lo posible, contra la figura del Generalísimo. Hablamos de los años comprendidos entre 1960 y 1975, recogidos por el autor en cinco ordenados temas que de una manera correcta recogen y tocan todos los palos de la sociedad: comienza hablando de los estudiantes y termina hablando de la Iglesia, pasando por los intelectuales y la movilización obrera.

La rebelión de los estudiantes

La cultura es la base de la sociedad, por eso no es de extrañar que uno de los focos antifranquistas tuviera su origen en las facultades españolas. Desde mitades de los años cincuenta los estudiantes comenzaron a mostrar públicamente su rechazo a la dictadura, pero sin duda alguna que las protestas alcanzaron su punto álgido en los años sesenta, cuando, incluso, los dirigentes franquistas se vieron inundados por un sentimiento de preocupación ante el creciente rechazo de quienes estaban llamados a ser los ilustrados del país.

A pesar de las preocupaciones, diversos informes de los rectores de distintas universidades apuntaban que el gremio estudiantil todavía no había entrado en apasionadas protestas y que se situaban más cerca de la indiferencia. Los jóvenes comenzaban a tener una mayor conciencia social avivada en el orden intelectual.

Estaba claro que las universidades comenzaban a distanciarse del control franquista. Fue entonces cuando se plantearon llevar a cabo un entramado propagandístico en defensa, según los afines al régimen, de la patria. Trataban de encauzar las inquietudes universitarias. En 1962 la preocupación era tal que se trató el problema universitario en el Consejo Nacional del Movimiento. Una de las conclusiones más importantes sacadas en este Consejo la recoge el propio autor: “corremos el grave riesgo de quedarnos sin juventud precisamente por nuestro afán de modelarla exactamente a nuestra propia medida”. Para evitarlo, se propusieron consolidar la SEU para encauzar las inquietudes universitarias. Pero finalmente los franquistas se opusieron a la democratización del sindicato estudiantil, y obligaron, mediante decreto de ley, la creación en todos los centros y universidades de asociaciones de estudiantes, de afiliación obligatoria y sometidas al control de la autoridad académica.

Los estudiantes no se quedarían impasibles y organizaron sindicatos democráticos al margen de la ley lo que a la postre originó un aumento de la tensón ya existente. Llegó hasta tal punto el ambiente de tensión que muchos dirigentes franquistas pensaron que la única forma de acabar con la rebelión estudiantil era sacar los tanques a la calle e imponerse, una vez más, por la sinrazón de la fuerza y la violencia. Otros, en cambio, pensaban que la represión no era solución y que la única vía era la del cambio.

En 1969 se establecieron tres meses de estado de excepción para llevar a cabo un plan contra la subversión de la Universidad española. No consiguieron más que minar a corto plazo el activismo estudiantil. La represión universitaria se extendió entre 1971 y 1973. La conflictividad social y política se diversificaron y la revuelta estudiantil perdió importancia para el régimen.

Está muy claro que para el régimen de Franco los universitarios y sus protestas tuvieron una importancia máxima hasta el punto de plantearse y llevar a cabo el estado de excepción, pero con el paso de los años y en vista de que nada podían hacer para reprimir el antifranquismo en las aulas, la preocupación se extendió a otros ámbitos de la sociedad.

La crítica de los intelectuales

En los años sesenta la oposición intelectual comenzó a ganar relevancia políticamente hablando. Los intelectuales se veían alentados por los movimientos universitarios y el cambio generacional. El régimen se movió entonces entre la represión y la tolerancia.

Los intelectuales españoles se vieron apoyados por todos los ilustrados exiliados y por sus homólogos europeos, que gracias a los medios de comunicación internacionales pudieron posicionarse en favor de los intelectuales del país.

La censura fue sin duda un punto fuerte del régimen a todos los niveles. A nivel informativo e incluso a nivel expresivo y artístico. Quedaba patente la imposibilidad del fluir del libre pensamiento, porque no llegaba la liberación del pensamiento. Los intelectuales escribieron y firmaron una carta a Fraga, solicitándole: la libertad de asociación, el derecho a huelga, libertad de información y de expresión y libertad para las personas condenadas por alguna de las tres exigencias anteriores.

La Ley de Prensa de 1966, más conocida como la Ley de Fraga, no vino sino a estropear la situación. Generó una mayor conflictividad porque “alimentó el disenso intelectual, visualizó la represión mediante multas, secuestros, suspensión de publicaciones…”, como recoge el autor.

La canción protesta comenzó a ganar adeptos, celebrándose conciertos secretos de cantautores que clamaban en contra de Franco. En cualquier caso, y a pesar de la represión, el régimen no pudo cortar las expresiones artísticas en su contra. Es más, cuanto más se agudizaba la propia represión frente a los intelectuales, más alentados se veían estos para seguir denunciando.

La movilización obrera

La huelga y la libre acción de los trabajadores estaban prohibidas en la época franquista, lo cuál añadió una mayor conflictividad a la movilización obrera, ya que lo que se ponía en tela de juicio era la propia legalidad. Las reivindicaciones laborales se sumaban en todos los sectores y a lo largo y ancho de España, lo que daba lugar a calientes conflictos, reprimidos, en la mayoría de los casos con la violencia que caracterizó al régimen franquista.

En los últimos años de dictadura, las reivindicaciones obreras, más allá de las mejoras laborales, se tornaron en meras reivindicaciones políticas. Y el régimen se equivocaba al apuntar a las necesidades económicas como origen de las revueltas. Creían que los cambios que afectaban al modo de vida de los obreros erradicarían las protestas; pero nada o poco tenían que ver.

Las huelgas de 1962 y 1963 impulsaron la consolidación de Comisiones Obreras, que se erigió como “la plataforma más eficaz para la defensa de los intereses de los trabajadores”. Se impulsaron entonces reformas en el ámbito laboral y sindical, aunque se mantendrían importantísimas restricciones a la colectividad. Por ejemplo, las huelgas seguían siendo ilegales, todas.

En 1966 se convocaron elecciones sindicales, con una elevada participación. CCOO confirmaron entonces su extensión y calado dentro de la clase obrera española. Evidentemente esa no era la idea del régimen, que pensaba “encauzar e integrar” la conflictividad y peticiones obreras, por lo que aumentó la represión, una vez más. En 1967 ilegalizaban CCOO. En 1969 se vuelve al estado de excepción con la idea de “desarticular la redes de activismo obrero opositor”.

La conflictividad se recrudece sucesivamente en 1970 y sobre todo en 1972 y aún más en 1973. La Ley Sindical aprobada en 1971 no tuvo efectos prácticos. A partir de 1974 y con Arias Navarro al frente del Gobierno se intentó cierto aperturismo que a la postre fue mínimo e insuficiente, a pesar de reconocer, entre tras cosas, el derecho a huelga.

La subversión

Bajo este concepto el régimen franquista incluía a la oposición organizada, frente a los cuales tan sólo cabía la represión. Las organizaciones que más se oponían al régimen buscaron el amparo de colectivos que no despertaran sospechas de ser subversivos para llevar a cabo sus actividades de oposición. Además, la represión franquista se vio aminorada por las repercusiones internacionales tan negativas que estaban alcanzando.

El régimen creo una imagen de los subversivos cercano al comunismo e identificada a la hoz roja, pero nada más lejos de la realidad, porque los opositores provenían de todas las ideologías menos, evidentemente, de la franquista. No hicieron con esta actuación propagandística más que dificultar la identificación de los subversivos.

Faltaba legitimidad y consenso dentro del régimen, aunque también es verdad que a pesar de todos los avatares el régimen se mantenía. Una vez más se recurrió al estado de excepción que se saldó con 1221 detenidos –cifras oficiales-. Se creó una campaña antiespañola en el exterior. La represión fue tal que parecía una vuelta a los primeros años de la dictadura franquista, y para muestra las sentencias de muerte impuestas por el régimen. Desde el exterior se clamaba por el indulto que nunca llegó, dando el régimen una imagen de recrudecimiento dentro de su propia debilidad.

La disidencia eclesiástica

Algunos sacerdotes españoles llevaron a cabo actividades reconocidas como subversivas, lo cuál minaba las relaciones entre la Iglesia y el Estado. Esto no quiere decir que las llevaran a cabo en primera persona, pero sí que apoyaban y amparaban acciones en contra del régimen, llegando incluso a encubrir a quienes alzaban su voz contra Franco.

Las relaciones entre el Estado y la Iglesia no eran tan idílicas como Franco y sus secuaces querían hacer ver. Al menos no en estos últimos años de franquismo. El Papa llegó a pedir a Franco que renunciara al derecho de presentación y no aceptó, lo cuál empeoró si cabe la situación.

La identificación de la Iglesia con el Estado y viceversa quedaba en entredicho, tanto en cuanto, sacerdotes de Cataluña y País Vasco hacían público su malestar y su oposición al régimen.

El libro

Pere Ysàs acerca al lector los últimos años del franquismo desde una postura neutra, al menos lo más neutro posible que uno puede ser tratándose de una dictadura represiva. Intenta acercar la realidad al lector apoyándose en documentos reales no en banales opiniones.

No carga las tintas sobre Francisco Franco, algo que no me parece del todo correcto. Me explico. A lo largo de todo el libro habla del régimen franquista sin responsabilizar al propio Franco de nada. Es cierto que incluye citas textuales del dictador, pero siempre habla de represión, de violencia y de aspectos negativos de la época sin apuntar directamente con el dedo acusador al caudillo, sino dejando caer las culpas sobre el “régimen franquista” a modo de ente. En mi opinión debiera haber apunado en más de una ocasión directamente a Franco como máximo y todopoderoso responsable del régimen.

En cuanto al resto del contenido, me parece que hace un tratamiento fiel y correcto de la información y documentación que maneja y que posteriormente pone al servicio del propio lector. Se limita a interpretar la realidad, por lo cual, alguno podrá acusarle de sesgador y subjetivo, cuando no es así, sino que trasmite el sentir de un pueblo durante una época difícil sin caer en la burda opinión o en la sinrazón del sí porque sí.

Es un libro de fácil y rápida lectura que a uno le permite no quedarse simplemente en sus escasas doscientas páginas sino que puede hacer uso de toda la documentación que acompaña al ensayo en sí y que le permite también al lector corroborar todo cuanto está leyendo.

Además, utiliza un tipo de letra legible y cómoda y organiza los contenidos sin entrelazarlos y sin despistar al lector. Lleva un orden lógico, que no cronológico, y le permite a un situarse en cada capítulo en la época y en la clase social que trata.

Un libro de recomendable lectura que ayuda a comprender los últimos años de la dictadura franquista y le permite al lector hacerse una composición del lugar. Buena narrativa del autor que en ningún caso se hace pesada y, en definitiva, una manera cercana de hacer entender la historia y contextualizarla mejor que los libros de texto.

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