LA BANDERÁ ONDEÓ EN LO MÁS ALTO

Y la bandera de la Universidad de Navarra ondeaba entre la lluvia, el viento y el frío. Presidía un día gris en Pamplona, un día de concentración, de repulsa y de silencio. Sólo preside el cielo en el campus los días que hay algo que festejar y el viernes era sin duda uno de esos días; o mejor dicho, era el día.  ETA ha querido desestabilizar la sociedad y la cultura, ha querido meter el miedo en el cuerpo de todos los universitarios de España y… ¡no lo han conseguido! Lo único que han logrado es que los futuros médicos que se forman en sus aulas se vean más capaces de curar a todos los heridos que puedan ocasionar; que los abogados se afanen por acabar sus estudios con el objetivo de meterles entre rejas en una cárcel levantada por arquiectos de la propia Universidad de Navarra. Y los periodistas ¿qué? No queda ningua duda de que han despertado las voaciones más profundas, como si el estallido del coche bomba haya sido la mecha que ha encendido el espíritu y la ilusión de quienes estudian en FCOM. ¿Y aún se creen que pueden con nosotros? Ahora la Uiversidad de Navarra es más importante que el jueves, ahora uno está más orgulloso de estudiar donde estduia, ahora uno tiene bien claro que nada ni nadie nos va a callar.

Anuncios

YO BAJABA A ESTUDIAR

Once en punto en el reloj. Apoyado en una mesa del pasillo de la Facultad de Comunicación leo el periódico; deformación profesional, supongo. ¡Bum! Levanto la vista de la página que estaba leyendo y salgo corriendo. Nunca antes había escuchado una bomba, siquiera una pequeña detonación de ningún tipo y, no sé por qué, pero sabía que era una bomba.

Saco el tarjetero del bolsillo y salgo junto a varios compañeros a través de los tornos de la entrada. Tras la puerta nos recibe una impresionante columna de intenso humo negro. Manos a la cabeza. Una compañera rompe a llorar y temblando todo su cuerpo intenta sacar el móvil y llamar a su madre. Trabaja en el Edificio Central, justo de donde sale el humo. Angustia.

La inercia del momento empuja a mis piernas a salir corriendo hacia el lugar de la explosión. Mientras corro saco el móvil para llamar a la radio en la que trabajo, estaba seguro de que era un atentado. Y tenía que contarlo. Mientras relato lo que está sucediendo me voy acercando más al coche-bomba. Un jardinero, con el semblante totalmente blanco, intenta impedir que nadie se acerque. Me mira, le miro, y me quedo quieto. Mejor no arriesgarse, estábamos a escasos diez metros de las llamas que salían de una veintena de vehículos afectados por el artefacto.

Intento llamar otra vez a la radio mientras sale la gente corriendo de los edificios colindantes. Manos a la boca, lágrimas en los ojos, carreras nerviosas. Ansiedad. Cristales rotos. Desconcierto. Llega un patrol de la Guardia Civil con dos agentes que miran lo sucedido y empiezan a pedir a la gente -que comenzaba a agolparse en el lugar- que se apartaran. No sabían si podía haber otra explosión.

Suenan las sirenas en toda la ciudad. Suenan los móviles en toda la Universidad. Llega un vehículo a toda prisa, se baja un joven alto y fuerte, con una placa en alto vociferando para que todos nos fuéramos del lugar. Se respira pánico, miedo…huele a tragedia. No funcionan los móviles.

En cuestión de minutos se agolpan los diferentes cuerpos policiales. Muchos no saben qué hacer. Algunos están paralizados, en estado de shock. Otros hablan por el teléfono contando lo sucedido. Muchos se meten en el edificio intentando cerrar los ojos a lo que había acontecido. ¿Todo aquello era real?

Me encuentro con un compañero de la prensa que se encontraba a la hora del atentado en el mismo Edificio Central. Sigo intentando hablar con la radio. No hay señal. Él lo sabe y me grita: “¡Pablo, si coges una llamada no la sueltes!” La llamada no entró.

Se calcina el edificio, los coches que estaban aparcados, los árboles que rodean el aparcamiento…La gente corre. Dispositivo de seguridad activado. Las llamas van ganando fuerza ante el temor de que alguien pudiera estar muy mal dentro. Gritos y más gritos. Indignación e insultos. No pueden ser personas quienes hayan hecho algo así. Acordonan la zona. Móviles en alto sacando fotos, vídeos o intentando coger cobertura. Caos controlado. Cae un cenicero metálico situado en la puerta del Edificio de Bibliotecas y la gente se sobresalta. El pánico hace presas. Más carreras y más fuego, el edifico se está calcinando. Poco puedo hacer ya en el lugar más que ver como se incinera todo lo que el fuego se encuentra. Saltan chispas blancas, están explotando los depósitos de los coches que se están quemando. Ya han llegado los bomberos.

Corro como alma en pena, pero no para salir del campus, sino hacia mi Facultad. Llueve mucho, hace frío. Llevo más de veinte minutos en manga corta pero me acabo de dar cuenta. Tengo que hablar con la radio.

Mi móvil no deja de vibrar con mensajes de llamadas que no pueden entrar. Son decenas las personas que están intentando ponerse en contacto conmigo, pero yo corro hasta la puerta de la Facultad de Comunicación. Mi cazadora está abandonada en el aula 5, justo la primera clase nada más entrar, de frente a la puerta. La puerta tiene todos los tornos abiertos, todo el mundo ha tenido que escapar, por si acaso. Junto a mi cazadora marrón un paraguas verde, libros, plumas, papeles, periódicos…ni un alma. En el pasillo la camarera de la cafetería, dos profesores y el bedel.

Los bedeles tienen junto a la puerta su puesto de trabajo que les separa del pasillo como si fuera una barra de bar. Me asomo por encima de la barra y cojo el teléfono, sin permiso. Tenía que llamar. El bedel me da su permiso sentenciando: “a móviles no deja llamar.” Llamo a la radio; me equivoco de número. Vuelvo a llamar y vuelvo a cometer el mismo error. Por fin acierto con el número tirando de memoria. Tengo poco tiempo para hablar porque debo salir fuera a ver qué pasa. Tan solo les digo que me llamen insistentemente al móvil, que alguna llamada entrará y entonces no la soltaré. Me informan que ya están bajando dos compañeros con la unidad móvil. Son las once y media.

Salgo abrigado pero sin capucha y sigue lloviendo. Me mojo pero no pienso en ello. Salgo e intento volver al lugar de la explosión, pero un agente de la Policía Nacional me lo impide. Me invita empujando la mano contra mi cuerpo a seguir a la masa. No protesto, sigo observando y me retiro. Me encuentro con un par de compañeros y les tranquilizo; no son de Pamplona y se encuentran desconcertados. No saben muy bien qué ha pasado, qué puede pasar. No pueden llamar a nadie, los móviles siguen sin funcionar. No saben qué hacer.

No me encuentro cómodo con la masa, necesito saber. Tengo que recabar algún dato, me tengo que enterar de algo, de lo que sea. Llegan los primeros compañeros de la televisión y les dejan pasar porque van a tomar imágenes. Intento colarme yo también bajo la cinta que ya maca el perímetro de seguridad. Intenta impedírmelo otro policía e intento convencerle de que en ese momento estaba trabajando, ya no era alumno ni víctima. No me cree y me pide el carné de prensa, si no me tengo que olvidar de pasar. Saco mi tarjetero con mis manos empapadas. Paso las tarjetas de inicio a fin y vuelvo. No tengo carné que me acredite oficialmente y el policía me agarra del brazo. Menos mal que llevo junto a mí un carné falso de prensa que nos hicimos los compañeros de una revista de barrio, y todo porque dos se iban a África y querían evitarse problemas identificándose como periodistas. Cuela y vuelvo a acercarme a menos de 50 metros de la explosión.

Siguen las llamas y en el edificio no queda ni un cristal entero. La fachada está negra y se entrevé el interior oscuro. Dicen que hay heridos, no me extraña. No funciona el móvil. Todos los inhibidores de frecuencia están activados. Se ilumina el lugar con las sirenas de las ambulancias, de los vehículos policiales y de los camiones de bomberos. Se hace el silencio, sólo se escuchan hierros caer, cristales desprenderse…y la agonía. ¿Hay muertos?

Están todos los edificios desalojados. Junto a la cinta menos de una decena de compañeros que somos desplazados de nuevo por la policía. Se amplía el perímetro de seguridad. Hay que salir del campus. Nos resistimos hasta que no nos queda otra. Nadie ha abierto la boca, cada uno ha recogido lo suyo y nos distanciamos a través de la hierba hasta el edifico rojo de derecho. Nos colocamos y nos vuelven a echar. Aparece el Decano de la Facultad de Derecho. Quiere hablar. Mis compañeros no han llegado y no tengo grabadora. Saco el móvil que sigue recibiendo mensajes, y no lo puedo usar para llamar, pero sí para grabar. Tengo poca memoria pero espero que me llegue.

Entre los nervios y el desconcierto el Decano habla ya de perdón. Son las doce menos cuarto. Yo tengo sus declaraciones. Uso el móvil para mandar mensajes a los míos y tranquilizarlos, no dejaban de llamar y no daba ninguna señal. Aborté su preocupación con varios mensajes concisos y muy claros: “sólo susto. Estoy bien.”Los universitarios ya están en el barrio de Iturrama, justo encima del campus, alejados de todo peligro. La policía nos quiere llevar hasta allá. Nadie hace caso. Nos amenazan con sancionarnos si no obedecemos. Primeras sonrisas de la mañana.

Ya son quince los heridos confirmados. Nada sabemos de su estado. El denso humo negro se había tornado en blanquecino por los productos usados por los bomberos. Comenzaba a confundirse la columna blanquecina con el grisáceo cielo que encapota Pamplona. Sigue lloviendo.

Llegan los compañeros y se va el horror. Son ya 17 heridos, pero todos leves. Alivio profundo. Lo que tenía que pasar, ya ha pasado. Van a dar las doce y comienza el trajín informativo; hay que entrar en directo en los boletines nacionales y después hacer el programa local in situ. Uno no se ve como víctima, sino que intenta contar a través de las ondas lo que ha observado, las sensaciones, los sentimientos… lo vivido.

Llegan buenas noticias. Ha sido un milagro. Son miles los estudiantes que en el momento de la explosión se encontraban cerca del coche bomba. Y hoy nadie había pasado a esa hora de un edifico a otro; nadie estaba buscando un hueco para dejar el vehículo; nadie iba a coger nada a su coche; nadie dialogaba junto al aparcamiento. Son estampas que se repiten día sí y día también. Menos el jueves. Quizá porque llovía; quizá fue la fortuna; quizá fue el destino; quizá fue Dios…

El campus estaba vacío, sólo quedaba la policía y los bomberos.

Empapado, orgulloso, enojado, frustrado… era hora de dejar atrás la Universidad. Menuda mañana. Ganas de llegar a casa y contar todo, de abrazar a los tuyos. Había sido verdad, una bomba había explotado en la universidad, pero todos estábamos bien. Ducha caliente y la cabeza comienza a dar vueltas sola. Podía haber estado ahí aparcando mi coche a las once. O simplemente pasando a hacer alguna gestión. Los milagros existen.

Uno vuelve a tomar su cartera de estudios por la mañana y se dirige de nuevo a su Facultad con una extraña sensación invadiendo su cuerpo. Parecía un día más pero no lo era. Normalidad relativa, alegría de ver a todos los compañeros. Sonrisas, besos y abrazos. Funcionan los móviles. Los medios de comunicación abarrotan los pasillos en busca de testimonios. Ilusión por seguir estudiando Periodismo. Dos horas por delante de “Periodismo Especializado”. El profesor empieza la clase en euskera; nunca antes lo había hecho. No nos van a callar. No van a dinamitar la razón.

Nosotros hemos bajado todos a la uniersidad mostrando una reacción cívica, ataviados con nuestras valiosas armas de cada día: los libros, papeles en blanco, los bolígrafos y la palabra.