VAGÓN-BAR

En primer lugar, el título del libro recopilatorio de José Francisco Sánchez, es acertadísimo, porque con dos palabras consigue englobar todas las columnas. Lo explica muy bien el propio autor en su columna que lleva el mismo título.

Es complicado quedarse tan sólo con uno de sus escritos, o poder rechazar una única columna, pero es la tarea encomendada. Comenzaré por lo negativo, así acabamos con gusto dulce. Me quedo con “Van Gaal” como la página que eliminaría. ¿Por qué? Muy sencillo, no aporta nada.

La obra está llena de experiencias personales con las que uno se puede sentir más o menos identificado, donde uno puede leer entre líneas y llevar las letras que emanan del papel a la realidad, pero es algo que no he podido percibir con esta columna.

Comienza, como se suele decir, “repartiendo”, con el tema del banco. Y no se sabe bien con qué fin: ¿suscribir a quienes piensan -ya de por sí- mal de la juventud? ¿Como simple gancho para la historia? ¿Simplemente por ubicarnos en un lugar?

Y después de repartir, nos cuenta una breve historia de una llamada telefónica que a nadie le importa ni le interesa cómo le llaman sus alumnos o le dejan de llamar. No tiene mayor trascendencia más que la del vacilón que es vacilado.

Y por ser breves, en el bando contrario, me ha gustado mucho otra columna que, curiosamente, se basa también en una llamada de teléfono. Es la que abre el libro, “D.N.I.”. Quizá porque a esas alturas no conoces nada del autor y te puede sorprender su discurso y puede sonar a nuevo, algo que va desapareciendo a medida que uno torna las páginas.

El caso es que se trata de una conversación telefónica absurda, donde en pocas palabras consigue el señor Sánchez que el lector se crispe como si fuera él mismo quién está al otro lado del teléfono. Además es fácil que uno se sienta identificado, porque, por desgracia, en los tiempos que corren, todo producto o servicio lleva, de manera inherente, un novecientos, más conocido como un número de atención al cliente, y a menudo se mantienen conversaciones tediosas a la par que absurdas, que nada arreglan a uno y que mucho desencantan.

No es la que mejor está escrita ni la más formal, si quiera es la más preparada, seguro, pero a mi juicio es una columna que llega a todo el mundo y que, a la par de la irritabilidad, despierta en uno una sonrisa de complicidad y comprensión hacia el autor, y una resignación e impotencia ante la incompetencia de la funcionaria en cuestión y lo rocambolesco de la burocracia.

Anuncios