El despacho del director

Qué razón tenía mi padre! “De eso no hay trabajo”, insistía siempre; pero yo, erre que erre. Mi futuro estaba ligado a una pluma, lo sabía, y por ello aposté. Y al principio de la partida, como si fuera un ajedrez, le puse en jaque, porque en segundo curso ya colaboraba con una radio. Claro que, no es menos cierto que a mi padre que yo trabajara no le dolía, pero el dinero que tenía que aflojar… Era una situación complicada porque, o me quedaba en mi ciudad en una universidad de prestigio –y en este país sólo puede serlo si es un centro privado-, o me iba fuera a una universidad pública, a la par que mediocre, donde pasar sin pena ni gloria y dejarme un buen dinero en desplazamientos y alojamiento. La decisión era obvia. Y confiaba en ZP y su gobierno socialista, que tanto piensa en el pueblo y sus derechos. Tramité mi beca, me llegó la carta del ministerio, la abrí nervioso, leí con ilusión la resolución, miré la cantidad… entonces tuve que volver a leer la resolución una y otra vez. Sin duda alguna que los del Ministerio de Educación son unos cachondos integrales, por no decirles otra cosa. Mi beca ascendía a la inestimable cantidad de ¡0 euros! Gracias a las ayudas de nuestro gobierno iba a poder hacer realidad mi sueño. Mis padres nunca jamás tuvieron que renunciar a nada ni hipotecarse, mis estudios universitarios no suponían una carga para ellos, jamás tuve que trabajar, por ejemplo, de camarero compatibilizando mis estudios y mi trabajo en una radio y, lo que es más importante, ZP ya podía contar a todo el país que gracias a su trabajo al frente del ejecutivo ese año teníamos millones de becados. Es de auténtico, de auténtico… (me muerdo la lengua que encima igual me denuncian y tengo que trabajar en tres sitios a la vez). Mi padre, a pesar de no alegrarse, comenzaba a ganar la partida. Pero yo mantenía mi trabajo −me refiero al de periodista, porque también seguía de camarero todos los fines de semana−. Se acercaba el verano. Las notas habían acompañado, pero no podía hacer planes. Como buen becario me iba a comer todo el verano por un sueldazo de 200 euros. Y trabajando mañana y tarde. Veranazo por delante. Resignado uno acepta, porque no puede exigir nada: estaba aprendiendo y, soy sincero, la ilusión por sentirme periodista impregnaba cuanto hacía, y el euro y pico que ganaba cada hora, sabía, era la base de mi futuro; aunque me dejara medio sueldo en el autobús urbano. Y pasaron los meses y se presentó el verano siguiente con ganas de cambiar de aires y salir del resguardo de las faldas de mamá. Y ahí mi padre, sin saberlo, me hizo un jaque, porque en la Universidad nos dijeron, sin reparos, que como llegaban tiempos de retroceso económico los medios inundaban los tablones de ofertas a estudiantes, con un montante total que no superaba al de la beca del ministerio. Y encima el alojamiento, desplazamientos, todos los etcéteras del mundo, corren a cuenta del adinerado becario. Y si alguno tenía la suerte de topar por error con un medio que quisiera reconocer su aportación con un puñado de euros, que se relajara que la Universidad usurpaba un cuantioso porcentaje porque sí. De lo contrario, no era legal. A esas alturas de la vida y sentirse como un sin papeles o un ladronzuelo más, porque mi radio me pagaba a espaldas de la Universidad, y eso, al parecer, estaba mal. La historia acabó como siempre, pringando como el que más y cobrando como el que menos. Pero no crean que la partida la ganó mi padre, porque ahora estoy escribiendo desde mi despacho de director.

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