Va a suceder

Comienza la semana de. No hablamos del clásico –uno más- de la liga, ni del próximo directo de Julián Muñoz en “Dónde estás corazón”. Ni siquiera hablamos del final de la crisis o la extinción de la gripe porcina, rebautizada como gripe A. Hablamos de la semana de la ilusión y del sueño. Más de dos millones de personas están implicadas. Grandes, pequeños, gordos y flacos. Podemos estar hablando de un cambio radical, una novedad que, como tal, nadie sabe cómo irá ni cómo acabará. ¿Acabará? La empresa no ha sido fácil, una nación entera, de una u otra manera, había detrás; y sigue estando. Los medios han desempolvado las lupas con las que le examinarán. Hay quien saca las uñas y afila los cuchillos. Esto va a empezar. La cuenta atrás está activada, queda un día para el gran momento. “Haz que suceda”, rezaba el eslogan, y está a punto de pasar. Va a suceder. El socialista Patxi López va a ser investido como nuevo Lehendakari, empujando de la poltrona a Juan José Ibarretxe y su PNV. La cuestión no es tontería, el PNV manda en Euskadi desde los inicios de la democracia. Hasta mañana. Los socialistas no fueron los más votados, pero han sabido jugar la partida, y pueden ganar el órdago a grande sin reyes. El PNV tuvo la posibilidad de renunciar caballerosamente a la lehendakaritza, pero ha preferido el ataque y derribo vacío de argumentación y centrándose en banalidades como que no puede haber una presidenta del Parlamento que no hable euskera o que van a fracasar porque sí, porque sólo el PNV comprende la idiosincrasia del pueblo vasco; nadie más. Si querían seguir al frente de su Euskadi, ¿por qué no renunciaron a toda expresión de violencia? ¿Por qué no decir basta ya a la izquierda abertzale? ¿Por qué no poder pensar más en todos –sí todos- sus ciudadanos? El castigo llegó en las urnas. No lo hizo en forma de descenso del PNV –pasaron de 29 a 30 escaños-, sino en forma de apoyo al resto de formaciones políticas rivales, caso del PSE, que creció 7 escaños y PP que subió en 2, aprovechándose del descalabro de EA y el descenso de IU junto a la desaparición de las papeletas de PCTV. Y con las cartas repartidas Patxi López cortó el mus. El terrorismo es un hándicap que juega en contra de los nacionalistas y que se ha convertido en la piedra angular socialista, además de la transparencia de la televisión autonómica y el respeto a los límites de la Comunidad Foral de Navarra, entre otros temas de enorme calado y trascendencia. Ha sabido llegar a acuerdos básicos con el PP que, a la postre, les ha dado el Parlamento Vasco. La duda es evidente: ¿Se van a tirar los trastos en Madrid y besarse en Vitoria? ¿Va a fracasar el entendimiento entre socialistas y populares? ¿Aguantarán la presión nacionalista? Quedan, en principio, cuatro años por delante para comprobarlo.

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Salvados

La Sexta es la cadena del deporte, el humor y el sensacionalismo. Así se definen, y así se clasifican con programas como “Salvados”. Jordi Evolé, el famoso Follonero, se sirve del poder que la cámara le confiere para aparentar ser un tío sin vergüenza y osado. Su programa se basa en charlar con el Yoyas (cualificada persona, culta como un premio Nobel, que entre todos sus hitos destaca su agresividad en la segunda edición de Gran Hermano) sobre temas mundanos o acudir a eventos acompañado de un portero-cuentachistes metido a estrella de la tele, con el único propósito de molestar para hacer preguntas absurdas o regalar una bandolera como símbolo de su programa. Reconozco que hace gracia las maneras del Follonero, pero tanto usted como yo sabemos que sin una cámara detrás, tan osado reportero, no se atrevería a meterse con los cuerpos de seguridad del estado, por ejemplo, que sólo hacen su trabajo (y pasa todos los domingos), y gracias al status temporal que le otorga la programación, sólo es identificado y no detenido como le pasaría a cualquier ciudadano que hiciera lo mismo.

“Salvados” se basa en la jeta de su presentador. Aunque para jeta, y por no cambiar de cadena, podemos hablar de fútbol. La cadena de Mediapro está cambiando el concepto del deporte profesional por el ¿bien? del aficionado. Ya no hace falta tener ninguna plataforma digital de pago para poder ver a tu equipo todos los domingos. Ahora te lo dan gratis en La Sexta, aunque lluevan las críticas por doquier. Gracias a varias tretas contractuales con los equipos profesionales, han conseguido hacerse con los derechos de prácticamente la totalidad de los conjuntos de la Liga BBVA. El problema es que los horarios de varios partidos coinciden, y a un genio de La Sexta se le ocurrió dar los encuentro en formato multipantalla, el mismo que te permite ver ¿todo? y a la vez nada. Se centran en un partido –gracias a la ley de Murphy siempre es el más soso y con menos goles-, y conectan con los demás campos para ver qué está pasando, justo en el momento en que -¡oh casualidad!- un equipo marca gol. Desde luego que quienes se están frotando las manos son las radios, y sobre todo las locales, porque si quieres saber qué hace tu equipo y lo televisa esta cadena, ya puedes sintonizar tu radio local preferida, y a ver los goles y las mejores jugadas en el resumen de la noche. Pero el pastizal que se están dejando en dar el fútbol en abierto no les compensa si pierden audiencia. ¿Solución?, aprovechar un canal para amas de casa como es Hogar 10, y dar partidos de fútbol. Así entre recetas y el anuncio de la vaporeta, podemos disfrutar del partido de nuestro equipo. Quién nos lo iba a decir, pero es un placer que lo echen en Hogar 10, porque en La Sexta, si no es el partido estelar, toca compartir espacio con los demás, y es un verdadero suplicio. La temporada que viene puede que se organicen mejor -sólo si la TDT permite sistemas de pago, si no tocará seguir sufriendo- y estemos salvados de la multipantalla. Por lo menos esta temporada podemos agarrarnos al “Yo no pago”.

Estafas y gordas

Tienes que meterte en los foros de Internet. ¿Qué ha pasado? ZP, ya sabes, que le ha dado por cambiar. ¿No te ha propuesto ningún Ministerio? Pues sólo debes de faltar tú, porque vio a un rector y lo nombró ministro de Educación, un tío simpático y afín y ahora es vicepresidente, y una directora mediocre de cine y ahora es ministra de Cultura.

Tienes razón, perdón por haber faltado al respeto llamándole mediocre, cada uno tendrá su juicio, pero esta tía es mala con avaricia. ¿Por qué? Digo yo que conocerás alguna de sus películas. O al menos habrás leído alguna crítica favorable a su trabajo. Ninguna, lo sabía. Me da igual lo que digas, Ángeles González Sinde no puede ser ministra. Alguien que tiene en su haber como trabajo destacado la adaptación de “Manolito Gafotas” al cine… ¡Qué te voy a contar!

Es verdad, trabajó en el equipo de guionistas de “Cuéntame”, la serie de la Uno, pero antes de llegar al Ministerio, ya sabrás cuál ha sido su último trabajo… No lo vas a adivinar. Piensa, piensa. Te doy pistas. Es la última película española que han estrenado en los cines. Salen los más guapetes de la tele.

Sí, ésa es, “Mentiras y gordas”, aunque para gordo el truño que te tragas si la ves entera. ¿La has visto? ¿Sabes cuál es el argumento? Deja de pensar, que no tiene. Es un amago de peli porno. Simple y llanamente la banalización del sexo y las drogas. Una imagen alejadísima de la realidad juvenil. Y esa tía que tanto nos conoce ahora es ministra.

Que sí, te lo juro, es la guionista de la película. No creo que la haya visto ni ella. Si escribir esa película le ha costado más de dos tardes, esta tía es una incompetente. No sé por qué sigues defendiéndola. Sabes que antes de ser ministra era la directora de la Academia del Cine Español; sí, del hundido cine español. Y no me extraña, porque si la directora en vez de apostar por proyectos de calidad es el motor principal de la última gran mentira española –nunca mejor dicho-, dale al stop y vámonos.

No, no te quiero decir que César Antonio Molina fuera el mejor ministro del Gobierno, pero al menos no era un personajillo. Esta tía es impulsora del canon digital. Ya ves, entre otras, por su culpa, te cobran una multa antes de delinquir. ¿Y qué es un canon previo más que una multa? Esta tía se lleva un dinero por el usb que he comprado, por mi portátil o los cedés vírgenes donde almaceno mis fotos y mis vídeos. Yo me lo guiso, yo me lo como y, ella cobra.

Obviamente es contraria a todo lo relacionado con la ilegalidad de las descargas de Internet, el e-mule y estos inventos online. Eso sí, se queja pero no propone soluciones, sólo que nos arruinemos comprándolo todo original. ¿Qué quiero que haga? Lo primero, si tiene dignidad, aprobar una partida económica especial del Ministerio de Cultura para devolver el dinero a todos los que se gastaron seis euros en el cine por ver “Mentiras y gordas”. Luego ya veremos…

Pinchazo en el culo

“Varón, cuarenta años, se ha caído de un segundo piso, tiene fractura de fémur y hemorragia interna en la cabeza. Viene sedado y le hemos puesto sesenta gramos de amocetal”. “Buen trabajo, yo me lo quedo, vamos al quirófano cinco. Llama a tres enfermeras y al doctor Cabezas que es el mejor cirujano del país y podrá controlar la hemorragia cerebral. Y que le preparen al paciente una habitación de una sola cama, no quiero que nadie le moleste en su recuperación”, deja claro el doctor Rojas. “Hecho”, contesta la enfermera jefa que ha salido también a recibir la última urgencia.

“Usted es la esposa del paciente ¿verdad? Pues espere un segundo que ahora mismo sale el doctor a decirle cómo ha ido todo. Mire, justamente ahí viene”, señala la enfermera la puerta del quirófano. El doctor Cabezas, con la bata verde de quirófano, se acerca con una sonrisa en el rostro y le dice a la señora cogiéndole amigablemente del hombro: “No se preocupe, todo ha ido mejor de lo esperado, enseguida le subirán a planta y podrá estar con él”.

En menos de seis horas el precipitado ya estaba operado y en planta junto a su mujer. Una suerte ver cómo funciona la sanidad en este país. La pena es que al final no sabemos si el buen hombre acabó bien la recuperación o no, porque ahí finalizó el capítulo de esta semana de Hospital Central.

¿Fiel reflejo de la realidad? Puede ser. Por desgracia, este sábado me tocó a mí ir a urgencias. No me precipité de un segundo piso ni llegué con una fractura abierta y una hemorragia cerebral (hay que ser justos), pero la verdad es que me ahogaba. No me pregunten por el motivo, pero chico, que no había forma de respirar.

Entré por la puerta de urgencias con mi madre, y no gritó eso de varón, veintiún años, no sé por qué pero le cuesta horrores respirar, se ha tomado un ibrupofeno a la hora de comer y otro después de cenar… Quizá por eso nadie salió a ver qué me pasaba. Tuvimos que acercarnos a la ventanilla de admisión, donde un funcionario simpático, de esos que nunca te dicen hola ni adiós ni gracias, nos atendió por obligación y de mala leche porque, seguramente, le había despertado de su sueñecito. Si es que, ¡a quién se le ocurre ir a urgencias de madrugada! Casi me daban ganas de pedir perdón por no poder respirar.

“Espere ahí un momento, ahora le llamarán”, me espetó. Desapareció el de admisión. Ni rastro de médicos o enfermeras. ¿Había alguien en el hospital? Nunca un “ahora” había durado tanto. Mi madre se levantaba, daba una vuelta a la salita como queriendo hacer notar nuestra presencia, y se volvía a sentar. Así una decena de veces; y yo sin aire. Pasaban las horas, casi sin querer, y nadie se preocupaba. Después de cuatro eternas horas se asoma una enfermera y dice mi nombre en voz alta esperando que alguien se levantase. ¿Quién se iba a levantar si yo era el único enfermo del lugar?

“Buenas noches”. “Buenas noches”. “¿Qué le pasa?”. “Mire, que no puedo respirar” (y encima llevo un cabreo que no se lo puede imaginar porque llevo cuatro horas esperando y no había nadie). “Súbase la camiseta, le auscultaré. (¿Es ahora cuando le tengo que dar las gracias por atenderme?) Te oigo silbidos. Pasa al cuarto del al lado que ahora va una enfermera. Te vamos a poner oxígeno y un pinchazo que en unas horas te va a curar” (si me hubiera atendido en algún momento de estas cuatro horas que he estado esperando, lo mismo ya estaba bien).

Doblado por el pinchazo en el culo, como si todavía estuviera la aguja dentro de mi ser, abandoné el hospital del brazo de mi madre camino del taxi, y todavía sin poder respirar, aunque eso sí, con una leve mejoría gracias al oxígeno. Han tardado cuatro horas en atenderme cuando no había nadie, ¡nadie! Y ni siquiera la enfermera era guapa y joven como en la serie, sino que era la más veterana y arrugada del lugar. Espero que este capítulo no continúe.

Correveidile

“¡Chivatico!” Siempre le decía lo mismo a mi hermano, desde bien crío. Ya se sabe que cuando uno es un retaco de medio metro y tiene que convivir con otro chiquillo con el que, además, comparte padres, las culpas se reparten por doquier y sin sentido. Son los contras de no ser hijo único. Siempre tienes que contarle a la madre lo que ha hecho tu hermano porque, claro, él antes le ha contado lo del balonazo y le debes una. No vas a ser tú el único castigado sin chuches este fin de semana. La pena, entre varios, se reparte mejor. Eso sí, la impotencia, los lloros, las riñas, los enfados… Lejos de separar a los hermanos les une aún más y les hace madurar. Pronto llega la adolescencia y uno, gracias a la empatía y a los chivatazos de crío, se siente mal con uno mismo e intenta sacarle la cara y guardarle las espaldas a toda costa. “No se lo digas a mamá ni de coña”. Si tu hermano te decía esto con menos de dieciséis años venía a significar que fueras corriendo a tu madre a contarle absolutamente todo, pero si confiaba en ti para hacer borota o para irse con los amigos a trasnochar, la cosa cambiaba. Entre hermanos hay colegueo y comprensión, pero la cosa cambia cuando las agresiones vienen de fuera. La verdad es que en este país hay una gran afición a hablar por hablar, simplemente por joder. Y en estas me veo. “¿Por qué no te callas?” Sabio Juancar, ha dado en la tecla. “Oye, sólo quiero decirte que dicen que dicen que un día dijo y eso, simplemente para que tengas cuidado”. Gracias majo, lo acabas de solucionar, ya estoy más tranquilo. Aunque si te digo lo que pienso de verdad, es que eres un verdadero gilipollas. No sé si es ignorancia o ganas de tocar los bemoles de la gente, pero hay quien se pone simplemente intentando “liar” a la gente; quizá para excusarse o, quien sabe, quizá por integrarse. O simplemente por tener algo que hablar con los demás. Menos mal que si a quienes intenta engañar (con el simple argumento de “cuidado, sólo te digo eso”) tienen medio dedo de frente, se juntarán a hablar para comprobar si es verdad o no “eso que me han dicho, pero que no sé muy bien qué es porque no me lo ha querido decir”. Ahora entiendo que la Patiño tenga credibilidad y que continúe en el `prime time´ televisivo. Parece que las formas funcionan. “Yo sé que lo sé y punto”. Pamplinas, por no decir gilipolleces. Voy a tener que empezar a compadecer a los correveidiles, una gran palabra compuesta, aunque yo prefiero la de tocapelotas. ¡Ay!, Alvarito, Alvarito, en boca cerrada no entran moscas. A ver si te vas a atragantar y te ahogas en tus mentiras, ¡tocapelotas!

El despacho del director

Qué razón tenía mi padre! “De eso no hay trabajo”, insistía siempre; pero yo, erre que erre. Mi futuro estaba ligado a una pluma, lo sabía, y por ello aposté. Y al principio de la partida, como si fuera un ajedrez, le puse en jaque, porque en segundo curso ya colaboraba con una radio. Claro que, no es menos cierto que a mi padre que yo trabajara no le dolía, pero el dinero que tenía que aflojar… Era una situación complicada porque, o me quedaba en mi ciudad en una universidad de prestigio –y en este país sólo puede serlo si es un centro privado-, o me iba fuera a una universidad pública, a la par que mediocre, donde pasar sin pena ni gloria y dejarme un buen dinero en desplazamientos y alojamiento. La decisión era obvia. Y confiaba en ZP y su gobierno socialista, que tanto piensa en el pueblo y sus derechos. Tramité mi beca, me llegó la carta del ministerio, la abrí nervioso, leí con ilusión la resolución, miré la cantidad… entonces tuve que volver a leer la resolución una y otra vez. Sin duda alguna que los del Ministerio de Educación son unos cachondos integrales, por no decirles otra cosa. Mi beca ascendía a la inestimable cantidad de ¡0 euros! Gracias a las ayudas de nuestro gobierno iba a poder hacer realidad mi sueño. Mis padres nunca jamás tuvieron que renunciar a nada ni hipotecarse, mis estudios universitarios no suponían una carga para ellos, jamás tuve que trabajar, por ejemplo, de camarero compatibilizando mis estudios y mi trabajo en una radio y, lo que es más importante, ZP ya podía contar a todo el país que gracias a su trabajo al frente del ejecutivo ese año teníamos millones de becados. Es de auténtico, de auténtico… (me muerdo la lengua que encima igual me denuncian y tengo que trabajar en tres sitios a la vez). Mi padre, a pesar de no alegrarse, comenzaba a ganar la partida. Pero yo mantenía mi trabajo −me refiero al de periodista, porque también seguía de camarero todos los fines de semana−. Se acercaba el verano. Las notas habían acompañado, pero no podía hacer planes. Como buen becario me iba a comer todo el verano por un sueldazo de 200 euros. Y trabajando mañana y tarde. Veranazo por delante. Resignado uno acepta, porque no puede exigir nada: estaba aprendiendo y, soy sincero, la ilusión por sentirme periodista impregnaba cuanto hacía, y el euro y pico que ganaba cada hora, sabía, era la base de mi futuro; aunque me dejara medio sueldo en el autobús urbano. Y pasaron los meses y se presentó el verano siguiente con ganas de cambiar de aires y salir del resguardo de las faldas de mamá. Y ahí mi padre, sin saberlo, me hizo un jaque, porque en la Universidad nos dijeron, sin reparos, que como llegaban tiempos de retroceso económico los medios inundaban los tablones de ofertas a estudiantes, con un montante total que no superaba al de la beca del ministerio. Y encima el alojamiento, desplazamientos, todos los etcéteras del mundo, corren a cuenta del adinerado becario. Y si alguno tenía la suerte de topar por error con un medio que quisiera reconocer su aportación con un puñado de euros, que se relajara que la Universidad usurpaba un cuantioso porcentaje porque sí. De lo contrario, no era legal. A esas alturas de la vida y sentirse como un sin papeles o un ladronzuelo más, porque mi radio me pagaba a espaldas de la Universidad, y eso, al parecer, estaba mal. La historia acabó como siempre, pringando como el que más y cobrando como el que menos. Pero no crean que la partida la ganó mi padre, porque ahora estoy escribiendo desde mi despacho de director.

VAGÓN-BAR

En primer lugar, el título del libro recopilatorio de José Francisco Sánchez, es acertadísimo, porque con dos palabras consigue englobar todas las columnas. Lo explica muy bien el propio autor en su columna que lleva el mismo título.

Es complicado quedarse tan sólo con uno de sus escritos, o poder rechazar una única columna, pero es la tarea encomendada. Comenzaré por lo negativo, así acabamos con gusto dulce. Me quedo con “Van Gaal” como la página que eliminaría. ¿Por qué? Muy sencillo, no aporta nada.

La obra está llena de experiencias personales con las que uno se puede sentir más o menos identificado, donde uno puede leer entre líneas y llevar las letras que emanan del papel a la realidad, pero es algo que no he podido percibir con esta columna.

Comienza, como se suele decir, “repartiendo”, con el tema del banco. Y no se sabe bien con qué fin: ¿suscribir a quienes piensan -ya de por sí- mal de la juventud? ¿Como simple gancho para la historia? ¿Simplemente por ubicarnos en un lugar?

Y después de repartir, nos cuenta una breve historia de una llamada telefónica que a nadie le importa ni le interesa cómo le llaman sus alumnos o le dejan de llamar. No tiene mayor trascendencia más que la del vacilón que es vacilado.

Y por ser breves, en el bando contrario, me ha gustado mucho otra columna que, curiosamente, se basa también en una llamada de teléfono. Es la que abre el libro, “D.N.I.”. Quizá porque a esas alturas no conoces nada del autor y te puede sorprender su discurso y puede sonar a nuevo, algo que va desapareciendo a medida que uno torna las páginas.

El caso es que se trata de una conversación telefónica absurda, donde en pocas palabras consigue el señor Sánchez que el lector se crispe como si fuera él mismo quién está al otro lado del teléfono. Además es fácil que uno se sienta identificado, porque, por desgracia, en los tiempos que corren, todo producto o servicio lleva, de manera inherente, un novecientos, más conocido como un número de atención al cliente, y a menudo se mantienen conversaciones tediosas a la par que absurdas, que nada arreglan a uno y que mucho desencantan.

No es la que mejor está escrita ni la más formal, si quiera es la más preparada, seguro, pero a mi juicio es una columna que llega a todo el mundo y que, a la par de la irritabilidad, despierta en uno una sonrisa de complicidad y comprensión hacia el autor, y una resignación e impotencia ante la incompetencia de la funcionaria en cuestión y lo rocambolesco de la burocracia.

EL REVOLCÓN Y LA INFIDELIDAD

“Si tu vida sexual funciona, lo demás no importa”. Esta es la máxima que presenta un anuncio de la clínica Boston en un diario de tirada nacional y que, circunstancialmente, se encuentra ubicado en las páginas dedicadas a las elecciones vascas. Tienen toda la razón, da lo mismo quién gobierne en Euskadi, al final sólo importa el edredoning de Gran Hermano.

Puede que estemos ante un momento histórico; no porque vayan a emitir un especial del “Juego de la verdad” (Tele 5) donde el marido –extraño él- no ha sido infiel a su mujer, sino porque en este caso la cornamenta la lleva el señor Ibarretxe.

Los nacionalistas no han ganado en su casa, todo un revolcón, el primero desde que este invento llamado democracia está implantado en España. Y de eso hace poco más de treinta años. El pueblo ha hablado.

En el País Vasco no se conoce, todavía, un lehendakari que no sea del PNV. Daba igual que fuera vizcaíno, guipuzcoano, alavés o incluso navarro, pero eso sí, del PNV. Muchas cosas pueden pasar de aquí a la votación de investidura, pero parece que puede ser el año del cambio. El PSE ha crecido por encima de lo esperado, y Patxi López puede gobernar. Hay un pero, necesita el beneplácito de los populares.

La política es de locos y para locos. Porque el PP se lleva muy mal con el PSOE a nivel nacional; UPD no cuenta para nada en Madrid; el PNV no puede ver a la derecha española aunque en su día apoyara el gobierno de Aznar; PNV pactó con los socialistas acuerdos para aprobar los Presupuestos Generales del Estado; IU y PSOE son ideológicamente afines, pero Madrazo apoya a los nacionalistas en Euskadi; EA no ha concurrido a las elecciones con el PNV porque no estaban de acuerdo con el reparto de las poltronas del gobierno; Aralar hace la guerra por su cuenta… Vaya, que el panorama está más que claro.

Ayer ganaron todos, pero mañana saldrán derrotados. PSOE, PP pueden formar gobierno con el apoyo de Rosa Díez, e Ibarretxe necesita el apoyo de todos los demás para revalidar el mandato. O que los socialistas renuncien al cambio, algo que no sería nuevo en la calle Génova, ya que renunciaron a botar del parlamento navarro, en su día, a los señores de UPN. Claro que ahora cuentan con ventaja, porque el mandamás sería el suyo, Patxi López, un caramelo demasiado exquisito como para renunciar.

Comienza la función hasta que haya lehendakari. Ahora habrá paz política, no importará la caza de Bermejo, la huelga de jueces, Garzón y sus millones de expedientes abiertos, la corrupción del PP, los espías de Madrid… Pero sólo por unos días, luego Rajoy volverá a insultar a ZP y se reabrirá la veda, sólo para aquellos que tengan licencia, claro está, no vaya a ser que le fuercen a alguno a dimitir.

Y es que Spain is diferent, y olvidamos rápidamente la importancia de los asuntos políticos. Esta misma mañana había quien decía que la derrota de ayer del Barcelona en el Calderón no era más que la antesala de la derrota nacionalista en Madrid, y eso que en Cataluña no había urnas. Ya verán, al final da lo mismo qué pase en Euskadi, sólo importará la salud de la vida sexual, propia y ajena, que eso también es muy español.